Plantas carnívoras de la Sierra de Guadarrama

 

 

 

Por HONORIO IGLESIAS

De las 18 especies de plantas carnívoras presentes en la Península Ibérica, 4 se pueden encontrar en la Sierra de Guadarrama, en el siguiente artículo trataremos de explicar las diferentes especies que habitan nuestra Sierra, el por qué de su peculiar forma de vida y las diferentes técnicas que utilizan para atrapar a su presas.

 


No hace falta ser muy observador para darse cuenta de la atracción que despiertan las plantas carnívoras entre nosotros. Sólo hay que asomarse a algunas de las grandes superficies comerciales para ver que es posible adquirir algunas de las más vistosas que, en la mayoría de los casos, acabarán feneciendo prontamente en las casas de sus compradores por las peculiares condiciones de agua y nutrientes que requieren.

 

Cuando pensamos en una planta carnívora quizá lo primero que se nos viene a la mente son aquellas Venus atrapamoscas (Dionaea muscipula), cuyas hojas parecen bocas abiertas repletas de amenazantes dientes que se cierran en cuanto detectan que algo se mueve en su interior, algunos incluso pensarán en aquellas trompetas repletas de líquido (plantas del género Nepenthes) que cierran su tapa en cuanto un desgraciado insecto o incluso pequeño anfibio o reptil acude a beber de su copa que nos mostraba Sir David Attenborough en ese fascinante viaje que supuso la serie de documentales de la BBC titulados La vida privada de las plantas. Pero el caso es que, como bien es conocido, en la Sierra de Guadarrama también tenemos cuatro especies de plantas carnívoras que, aunque externamente no parezcan tan vistosas como las que anteriormente hemos nombrado sus formas de vida son tan interesantes como las que nos mostraba apasionado el naturalista británico.

 

Pero, ¿dónde viven en nuestra Sierra las plantas carnívoras? (Deberíamos hablar más bien de insectívoras o aracnívoras ya que ninguna tiene la entidad suficiente para atrapar presas de mayor tamaño).

 

Las plantas carnívoras de la Sierra de Guadarrama viven en la media y alta montaña, en uno de los medios más interesantes que en esta se producen, como son las turberas y charcas o manantiales asociados a estas.

Paisaje de alta montaña de la Sierra de Guadarrama con turbera ombrógena fácilmente reconocible por el abombamiento de parte de su superficie.
Paisaje de alta montaña de la Sierra de Guadarrama con turbera ombrógena fácilmente reconocible por el abombamiento de parte de su superficie.

Cuando hablamos de turberas hablamos de medios muy conocidos desde antiguo por los serranos con el nombre de trampales (porque no es difícil meter la pierna hasta la cadera en esas trampas naturales), tremedales (porque cuando andamos por ellas es frecuente que el suelo tiemble) o paulares (que es otro de los nombres con que aquí se conocen). En la montaña no nos es difícil reconocer las turberas, porque son lugares donde el color cambia a un verde intenso y el estancamiento de las aguas es muy apreciable, pero, ¿qué hace tan interesantes a las turberas en la Sierra de Guadarrama?

 

Pues probablemente el hecho de que son medios muy inhóspitos para la existencia de la vida, principalmente por tres razones: la poca presencia de oxígeno en ellas, la extremada acidez de sus aguas y la gran frialdad de estas que hace que muy pocas especies puedan vivir en ellas. En la Sierra de Guadarrama las turberas principalmente se forman en medios donde la presencia de rocas ácidas (las más comunes en la Sierra, gneises y granitos) afloran en el suelo o aparecen bajo él a pocos centímetros y donde además la presencia de dichas rocas o irregularidades en el terreno hacen que el agua que allí se almacena no pueda drenarse ni verticalmente hacia el suelo ni horizontalmente discurriendo por una pendiente. Existen también turberas en medios alcalinos en el pie de monte, pero estas son mucho más escasas. Una característica principal de las turberas es que la materia vegetal y los restos orgánicos se descomponen a una menor velocidad de la que se aportan, por lo que dichos restos se almacenan humedecidos formando la turba (el sustrato de las turberas).

 

¿Por qué no hay apenas descomposición de los restos acumulados en las turberas?

 

Principalmente porque la descomposición de los restos orgánicos se hace gracias a la acción de una serie de bacterias descomponedoras que son aerobias, es decir, necesitan el oxígeno para su supervivencia y este, como hemos dicho, es muy escaso en las turberas (son medios anaerobios) debido a que en sus aguas apenas hay movimiento. Además, las plantas para su crecimiento necesitan nitrógeno que absorben en forma de nitrato y para que este nitrato se forme debe ser sintetizado a partir de los restos nitrogenados que se incorporan al suelo en forma de amoniaco. Para que este amoniaco sea transformado en nitrato y, por tanto, absorbible para las plantas, se necesita de nuevo de la acción de una serie de bacterias que convierten dicho amoniaco en nitrato. Dichas bacterias necesitan oxígeno para sobrevivir por lo que no se encuentran por tanto en las turberas y es por esto por las que las pocas especies que sobreviven en las turberas lo hacen porque han encontrado otros mecanismos para sintetizar dicho nitrato. Así, algunas leguminosas son capaces de transformar el nitrógeno molecular de la atmósfera en nitrato. Algunos brezos son capaces de asociarse con hongos cuyas hifas también pueden generar nitrato a partir del nitrógeno atmosférico) y por tanto las raíces de estos brezos reciben el nitrato a partir de estos hongos y por supuesto también están nuestras protagonistas, las plantas carnívoras capaces de atrapar, a través de alguna de sus partes, insectos y otros pequeños invertebrados que son descompuestos por unas enzimas que la propia planta segrega y así asimilar directamente el nitrógeno de dichos animales atrapados y descompuestos.

Paisaje de alta montaña de la Sierra de Guadarrama en nacedero de arroyo. En el primer plano se puede ver uno de los helechos más escasos de la Sierra, Lycopodiella inundata y, acompañándole, un cortejo de vegetación característica de prados higroturbosos
Paisaje de alta montaña de la Sierra de Guadarrama en nacedero de arroyo. En el primer plano se puede ver uno de los helechos más escasos de la Sierra, Lycopodiella inundata y, acompañándole, un cortejo de vegetación característica de prados higroturbosos

 

Las turberas guadarrámicas presentan, por estas peculiaridades de las que hemos hablado, un cortejo florístico bastante pobre, en el que destacan fundamentalmente los musgos (generalmente del género Sphagnum, Sfagnos, aunque también podemos encontrar otros de manera común como Aulacomnium palustre o Polytrichum commune), también presentan algunas especies de cárices (Carex nigra, echinata, etc), algunas juncáceas (Eleocharis quinqueflora, Juncus articulatus, effusus, etc), algunas hepáticas, algunos brezos (como Erica tetralix o Calluna vulgaris), algunas ranunculáceas (como el Ranunculus flammula), Onagráceas (como el Epilobium palustre), la Parnasiacea Parnassia palustris, e incluso algún helecho como el rarísimo en la Sierra de Guadarrama, Lycopodiella inundata y, por supuesto las protagonistas de esta entrada, las cuatro especies de plantas carnívoras, la Grasilla, el rosolí y la Lentibularia (en este caso menor).

  • Grasilla (Pinguicula grandiflora)

Se trata de una planta muy escasa en la Sierra de Guadarrama, que sólo la conocemos de Peñalara y de un puñado de cabeceras de arroyos de montaña de la zona central de la Sierra en ambas vertientes. Se trata de una especie que aparece en paredes rezumantes de turberas o bordes de arroyos sin apenas movimiento. Aunque presenta una flor con un aspecto que nos pudiera recordar a una violeta, la grasilla atrapa los insectos a través de sus hojas que en forma de roseta aparecen pegadas al sustrato. El llamativo color de dichas hojas muy visible en el espectro ultravioleta (visible por los insectos) y la sustancia pegajosa que segregan sus hojas, hace que los insectos al posarse sobre dichas hojas queden atrapados donde son descompuestos por las enzimas segregadas por la planta, que absorbe de nuevo el nitrato procedente de la descomposición. En el fotomontaje, en el detalle de la hoja se pueden observar varios pequeños insectos voladores atrapados en la sustancia pegajosa en proceso de descomposición.


  • Rosolí o hierba del rocío (Drosera rotundifolia)

Se trata de una planta que aparece, generalmente, en la Sierra a partir de los 1400 msnsm aunque tiene su óptimo a mayores altitudes. Es la más abundante de las tres y tapiza algunas turberas donde su color rojizo la hace fácilmente visible a pesar de su pequeño tamaño. Forma rosetas de hojas redondeadas repletas de pelos glandulosos con una sustancia muy pegajosa. Cuando el insecto se posa sobre sus hojas atraído por el "rocío" (la sustancia pegajosa de sus hojas) se queda pegado y su movimiento de liberación provoca que la planta oriente sus pelos hacia el insecto haciendo que se pegue aún más y quede definitivamente atrapado. Es entonces cuando la planta comienza a desprender unas enzimas capaces de descomponer a la presa y aprovechar el nitrato procedente de dicha descomposición. En el fotomontaje podemos observar un díptero bombílido del género Hemipenthes (probablemente Hemipenthes maura) que quedó atrapado en una turbera de la Hoya de Pepe Hernando y que, a pesar de sus esfuerzos por escaparse de su pegajosa trampa, quedó allí atrapado, aunque lo normal es que se atrapen insectos de mucho menor tamaño.

  • Lentibularia sp. (Utricularia minor y Utricularia australis)

Ambas especies son muy poco abundantes en la Sierra de Guadarrama, aunque también pasan muy desapercibidas, la Lentibularia menor ocupa fundamentalmente pequeños lagunajos asociados a las turberas y algunos arroyos de alta montaña con apenas movimiento, mientras que la Lentibularia amarilla, ocupa zonas encharcadas del pie de monte. Ambas se desarrollan como plantas acuáticas. A la Utricularia menor nunca la hemos visto florecida, por lo que pensamos que en estas altitudes se reproduce fundamentalmente de manera vegetativa, mientras que la Lentibularia amarilla es más proclive a florecer aunque es una planta muy escasa en nuestro territorio. La forma en que atrapan a sus presas las lentibularias es, sin duda, la mas elaborada de entre las especies carnívoras de nuestro territorio, ya que cuentan, para ello, con unas minúsculas vejigas o utrículos a modo de pequeñísimas trampas, que se encuentran inicialmente vacías y cerradas por una pequeña tapa. Además presentan unos minúsculos filamentos en dicha tapa y sus alrededores que cuando son activados mecánicamente por el movimiento de algún pequeño insecto o crustáceo acuático producen la apertura de la pequeña compuerta, llenando rápidamente la vejiga y arrastrando dentro la pequeña presa en una acción extraordinariamente rápida. La tapa del utrículo se cierra con la propia presión del agua que acaba de entrar y el animal queda atrapado donde es descompuesto por nuevas enzimas y absorbido por la planta.

Aquí podemos observar un excepcional documento sobre el modo de funcionamiento de dichos utrículos: 

Ni que decir tiene que son todas plantas muy escasas, protegidas y que no sobreviven en otros medios que los de las montañas, por lo que no deben ser recolectadas, ni estropeadas de ningún modo, tan sólo debemos disfrutas en los escasos momentos en las que las encontremos en nuestras salidas y admirarnos de su belleza y de su peculiar modo de existencia.